
La paradoja de Rosalía

El revuelo provocado por las últimas declaraciones de Rosalía no es para menos: su rechazo a identificarse con determinados “ismos” en un contexto marcado por el auge de discursos antifeministas y de extrema derecha puede interpretarse como una forma de neutralidad. Y no olvidemos que, en política y en cuestiones sociales, mostrarse neutral ya es, en sí mismo, una forma de tomar partido.
Las figuras públicas con gran fama o poder económico pueden permitirse no definirse porque su carrera no suele depender directamente de ello. Sin embargo, muchas mujeres —especialmente fuera de los focos mediáticos— no tienen esa opción: las desigualdades siguen afectando a su vida cotidiana. Y esto, apreciados lectores, tiene nombre: el privilegio de la ambigüedad.
Negarse a usar la etiqueta feminista puede dar la impresión de que el feminismo es una postura ideológica opcional, cuando en realidad se trata de un movimiento histórico clave que ha impulsado derechos fundamentales. En el mundo de la música y del arte, por ejemplo, las mujeres han trabajado durante décadas en una industria dominada por hombres y con muy poco margen de decisión. Los cambios impulsados por los movimientos feministas ayudaron a abrir ese espacio y a que más creadoras pudieran desarrollar sus carreras con mayor autonomía.
Por tanto, resulta llamativo que una artista con un enorme reconocimiento internacional se distancie de un movimiento que, en buena medida, contribuyó a abrir esas puertas. Otros defienden, por supuesto, que ninguna figura pública está obligada a identificarse con ninguna etiqueta política. Pero el debate no trata de exigir adhesiones ciegas ni de negar la existencia de distintas formas de entender el feminismo, sino de reconocer que el término sigue funcionando para señalar una realidad: la desigualdad de género.
La polémica no terminó ahí. La discusión que surgió tras las declaraciones de Rosalía sobre la posibilidad de separar la obra de su autor, mencionando el caso de Pablo Picasso, tampoco es nueva. Durante gran parte del siglo XX, las obras se valoraban sobre todo por sus cualidades estéticas o históricas. Hoy, en cambio, la vida personal del artista también entra en el debate.
La razón es sencilla: vivimos en una sociedad más sensible a cuestiones como la violencia, el abuso o la discriminación. Para muchas personas resulta indigno celebrar la obra de alguien que ha encarnado esos comportamientos.
Entonces, ¿es legítimo separar la obra de su autor? El crítico francés Roland Barthes ya intentó responder a este dilema con su reconocida teoría de la “muerte del autor”. Según Barthes, una obra deja de pertenecer al artista una vez que entra en contacto con la esfera pública. Su significado ya no depende solo de la intención del creador, sino que se construye a través de la interpretación de quienes la leen, la escuchan o la observan. Desde esta perspectiva, separar obra y autor sería reconocer la autonomía del arte.
Otros críticos, sin embargo, sostienen que la biografía del autor y el contexto en el que trabajó forman parte de la obra y ayudan a comprenderla. Ignorarlo, dicen, sería olvidar una parte importante de la historia cultural. El dilema, en realidad, no parece tener una respuesta sencilla: se mueve en el incómodo cruce entre la ética, la historia y el arte.
Quizá el problema no sea que los artistas no quieran encuadrarse en “ismos”, sino olvidar que las palabras públicas no son inocentes. En un momento en el que algunos derechos vuelven a discutirse y ciertas conquistas sociales parecen menos seguras de lo que pensábamos, la ambigüedad ya no siempre funciona como refugio. Del arte seguimos esperando belleza, sí, pero también pedimos cada vez más coherencia moral.
Y ante estas contradicciones cabe, quizá, una última pregunta: si Rosalía ha cometido un desliz tan grave a ojos de su audiencia, ¿deberíamos aplicar su propia lógica y separar su obra de ella? ¿O descubriremos, precisamente ahora, que esa separación es mucho más difícil de lo que parecía?





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