
Solo seremos historias

Hay algo extraño, a la par que maravilloso en el teatro: todo es mentira y, sin embargo, pocas cosas dicen tanta verdad. Las maderas de un escenario, unas luces que se encienden y, de repente, alguien se atreve a contar la vida delante de otros. Sin filtros, al desnudo. En esa mentira compartida pasa algo difícil de explicar: el teatro cura.
No porque nos arregle la vida, sino porque durante un rato alguien pone palabras a lo que muchos llevamos dentro. En el escenario aparecen nuestras dudas, nuestras contradicciones, nuestras heridas. Y al verlas fuera, vividas por otros, pesan un poco menos. Por eso, a veces, una sala de teatro se parece más a un lugar seguro que a un espectáculo. Que lejos de ser para todos, para muchos sigue siendo un gran desconocido.
Vivimos en un tiempo rápido, lleno de pantallas y de ruido, donde el arte muchas veces queda en la sombra en lugar de bajo los focos. Poco a poco, el teatro se ha ido quedando en los márgenes. No porque haya dejado de ser necesario, sino porque exige algo que hoy cuesta: parar.
Pero el teatro sigue ahí. En salas pequeñas, en proyectos que sobreviven más por amor que por presupuesto, en personas que siguen contando historias porque saben que alguien, en algún lugar del público, necesita escucharlas. Citando al aclamado musical de Broadway Dear Evan Hansen: “Incluso cuando la oscuridad lo invada todo […] te encontrarán”.
Vayan al teatro, a los musicales. Allí, en esos rincones que parecen olvidados, las historias nos salvaron y nos salvarán.
Kike Ortiz, coreógrafo de teatro



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