
La delgadez como disciplina

En los últimos años, el ideal de extrema delgadez —que parecía haber quedado atrás con los excesos de los años noventa— ha regresado con más fuerza que nunca. Basta asomarse a plataformas como TikTok o Instagram para comprobar hasta qué punto el cuerpo femenino vuelve a medirse, exhibirse y optimizarse sin descanso. En contextos especialmente visibles como Estados Unidos, esta presión no solo se normaliza: se intensifica.
No estamos, sin embargo, ante un fenómeno nuevo. Lo que sí ha cambiado es su sofisticación: hoy el mandato de delgadez ya no se impone únicamente desde fuera, sino que se interioriza. Contar calorías, vigilar el peso o registrar cada cambio corporal se presentan como hábitos de autocuidado. Pero, poco a poco, el cuerpo deja de ser un lugar que habitamos para convertirse en un proyecto infinito de mejora.
Así, la delgadez no es mero resultado, sino un proceso. Un proceso que exige disciplina, tiempo y, sobre todo, energía. Pero, ¿qué ocurre cuando esa energía escasea? La restricción calórica no es inofensiva: afecta a la concentración, a la estabilidad emocional y a la capacidad de mantener la atención. Un cuerpo en déficit constante no solo pierde masa; pierde margen para pensar, para crear y para cuestionar.
No se trata de patologizar cuerpos diversos ni de poner bajo sospecha a las mujeres delgadas. Es la norma la que pesa. Cuando la delgadez deja de ser una opción y se convierte en un requisito implícito de aceptación, el terreno cambia. Y en ese terreno, los Trastornos de la Conducta Alimentaria no aparecen como excepciones, sino como síntomas extremos de una presión constante.
A esta dinámica, se suma un factor decisivo: el capitalismo digital. Las redes sociales no inventan el ideal, pero lo aceleran y lo monetizan. En este sentido, la delgadez ya no es solo deseable: resulta rentable. En paralelo, el cuerpo femenino sigue funcionando como un campo de batalla simbólico. Diferentes discursos proyectan sobre él valores como la disciplina, la pureza o el autocontrol. Es decir, no hay cuerpo neutro: todos están atravesados por expectativas. Y en ese cruce de miradas, la delgadez extrema se presenta, una vez más, como señal de éxito y de control. A veces, incluso, de virtud.
¿Responde todo esto a una estrategia deliberada? Probablemente no en el sentido más clásico. No hace falta un plan cuando el propio sistema premia unos cuerpos y penaliza otros. El resultado es un mecanismo de control más sutil, pero también más eficaz: aquel que se interioriza hasta confundirse con el deseo propio.
Quizá por eso la cuestión de fondo no sea solo estética. Cuando los cuerpos se hacen más pequeños, también puede reducirse el espacio que ocupan en otros ámbitos: en la conversación pública, en la disidencia o en cualquier incomodidad que toda transformación social requiere. No es, claro está, una relación directa, pero sí resulta ser una metáfora inquietante.
Durante años se nos enseñó que ocupar menos espacio era una forma de encajar. Tal vez ha llegado el momento de preguntarnos a quién le resulta más cómodo que desaparezcamos un poco.



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