

Practico la fotografía desde hace varios años y nunca me he limitado a una sola disciplina. Considero que la esencia de este lenguaje reside en capturar instantes, independientemente de la situación. Por eso cargo mi cámara allá donde voy. Llevar encima habitualmente un equipo de formato completo resulta complicado, se convierte en un incordio, y acaba por obligar al fotógrafo a no disponer de su herramienta siempre que desearía. Después de perder innumerables momentos diluidos en la cortinilla de mi pestañeo, una mañana del verano pasado decidí dirigirme a El Rastro de Madrid en busca de una cámara digital, compacta y —a poder ser— barata. Tras ganarle la batalla a la cuesta arriba de la Ribera de Curtidores, conseguí abrirme paso poniendo mala cara entre la multitud de turistas y de las variopintas gentes de la capital, hasta llegar a la Plaza de Cascorro. Allí encontré un tendero que las vendía. Separados por una mesa repleta de los aparatos, tuvimos un intento de negociación del que salí escaldado. Aquel mediodía una Canon Digital IXUS 100 IS, que casi se me cae por el agujero del bolsillo, se convirtió en mis nuevos párpados.
Desde entonces es más fácil verme con la maquinita que sin ella. Se lanzó al mercado en 2009, tiene un pequeño sensor de 12,1 megapíxeles y una distancia focal equivalente a 33–100 mm en 35 mm. Es decir, puede hacer zoom físicamente mediante la reorganización de los cristales en su interior; así estrecha el campo de visión y genera el efecto de acercamiento. No hay modo manual. La cámara decide la velocidad de obturación y la apertura del diafragma, pero sí permite elegir el ISO; aumentar o disminuir pasos de luz; y elegir el balance de blancos. Presenta limitaciones técnicas y físicas evidentes; no poder ajustar todos los parámetros es la mayor desventaja. Su portabilidad las compensa. Aun así, captura imágenes de alta resolución en 4:3 de una calidad más que aceptable.
La estética de este tipo de cámaras compactas antiguas se ha vuelto popular, por lo que la demanda está disparada. Al margen de la moda, para mí es la extensión de mi mano que me permite disparar en cualquier momento y en todas partes.
Esta secuencia la tomé en el barrio de Las Águilas, al sur de la ciudad de Madrid. La fachada llama la atención por sus contundentes letreros. En especial a mí me habla el que dice “relojería”. Decidí disparar en vertical para que cupieran ambos. El espacio horizontal no aportaba nada interesante, y habría desviado la atención del escaparate. Realicé un encuadre frontal en plano general con una distancia focal de 67 mm. La luz del mediodía era muy dura: puse el ISO al mínimo y reduje un paso de luz.
Cuando iba a hacer la foto apareció el señor de la imagen. Esperé al momento justo para que quedara enmarcado en la sombra del toldo de la relojería. La silueta del tiempo abarca la cojera de su paso. El hombre enfrenta con su reflejo un escaparate de máquinas que intentan contenerlo: como una cámara intenta atrapar sus instantes. Un foco mira desde arriba y acompaña la trayectoria de su mirada, testigo ajeno al sombrío pasar. A la que el caballero deja atrás la fachada aparece un joven. Reloj en mano, encara los mecanismos del taller. Inevitablemente, el toldo lo abarca; mientras el foco sigue observando el camino de ambos.
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Decidí tratar estas fotografías en blanco y negro para incrementar la carga simbólica. El color, en este caso, sobra. Lo importante son los sujetos, sus siluetas y su camino. Mediante otros retoques menores, aumenté la dureza de la luz y jugué con la profundidad de los negros. Siempre que proceso las imágenes de esta Canon IXUS 100, aplico un efecto de grano abundante pero fino. De esta manera se disimulan muy bien las carencias técnicas: da la sensación de mayor definición, y aporta al propio estilo retro.
El verdadero relato ocurre entero dentro de la fachada de la primera instantánea. Por eso realicé un recorte en formato 1:1. Así se compensa la distancia a la que debería haber encuadrado en primer lugar. El clic de cada disparo y el tictac de cada segundo son un efímero momento de insurgencia contra el paso del inexorable. Del que siempre se zafa, del que es inabarcable.
Este es solo un instante que no se escapó de la relojería:
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Arturo León, fotógrafo y estudiante de periodismo







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