
¿Qué es el sentido común?

Nicolás Valenzuela, Madrid
Una lectura del romanticismo alemán permite conocer escritores harto prominentes como Goethe, quien defendió su propia convicción de que la inteligencia y el sentido común se abren camino sin grandes artificios.
Asimismo, tampoco resulta nada complejo situar el diverso repertorio de figuras que, en algún punto de su producción intelectual, dedicaron ingeniosos aforismos a su reflexión acerca del "buen sentido". Baste con aludir a influyentes filósofos como Hegel, Voltaire o Descartes; a notables literatos como Hesse, Balzac o Wilde; y a un perfil de pleno espíritu belicista —ergo, político— como el de Napoleón Bonaparte, entre otros.
En tal sentido, podemos definirlo como la concepción imperante del mundo en su experiencia cotidiana; un conjunto heterogéneo y asistemático que agrupa toda clase de valores, creencias, prejuicios, imágenes y elucubraciones contradictorias. Todas ellas, caras componentes de un único dado que, en perpetuo rodamiento, determina el azaroso rumbo de nuestras sociedades.
Es, en el fondo, fruto de un juego donde las leyes de la física se ven sustituidas por las leyes de la selva; potenciando los intereses leviatánicos de ciertos grupos que, en constante lucha por dominar el monopolio de la fuerza imbricado en el Estado moderno, logran imponer su agenda política en detrimento del resto de libertades personales.
El sentido común es, en suma, un cuadro estilísticamente ecléctico sobre cuyo lienzo dieron pinceladas los más ilustres artistas de cada época, dotándolo de tonalidades cuanto menos intensas y dispares. Se manifiesta, pues, como una sedimentación del acervo popular; una cristalización de siglos pasados; un bloque marmóreo y bien apelmazado que hoy se erige en las columnas sustentantes de nuestras instituciones públicas.
Por todo ello, con respecto a las serias implicaciones políticas que atañan a tal dinámica, hallo oportuno recordar a mis lectores el siguiente dato: que todo cuanto se configura como "normal" o "razonable" dentro de la consideración colectiva, pasa a ocupar una posición ideológicamente privilegiada en la vida cotidiana y, por ende, en el consenso y diálogo intersubjetivo con el prójimo.
En román paladino, la hegemonía cultural de unos pocos afecta de forma ineludible a la construcción del proyecto vital de otros muchos conciudadanos. Y como resultado final, nace esta disyuntiva generacional de bien difusa etiología que —por mucho que nos duela— no parece guardar fácil solución en este presente tan fangoso y polarizado.








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