
Condenados a entenderse

Paola Guillén Gutierrez, Málaga
Caretas fuera. Por primera vez vemos a un Santiago Abascal dando el brazo a torcer, dando pie a un diálogo con el Partido Popular. Pero, ¿qué ha cambiado? La respuesta es el diagnóstico de las elecciones de Castilla y León. Podemos empezar señalando esa fuga de votos hacia Se Acabó la Fiesta, que deja a un Vox en evidencia. Su escalada no es invencible. Cuando tu única hoja de ruta es el bloqueo, el votante acaba cansándose. Quiere verse representado, que se materialice lo votado. Sin chantaje ni bloqueo el líder de Vox se enfrenta a una disyuntiva: aflojar la cuerda y acatar el papel de subordinado del PP, o convertirse en un pulmón para Pedro Sánchez.
Tras la tormenta que ha sacudido Vox después de que Ortega Smith levantase la alfombra, Santiago Abascal se dedica a minimizar daños. De pedir la cabeza de Guardiola en Extremadura, a pedir tranquilidad y afirmar que van a gobernar en las tres regiones. De tener un discurso totalmente antibipartidista, a ver desde su tercera plaza perpetua la resistencia de ese sistema, adaptándose a él. Feijóo, que saca pecho, se permite por primera vez ser algo firme ante Vox, sabiendo que no le pueden dar un solo motivo de supervivencia a Sánchez y allanando lo que puede ser el futuro terreno de las elecciones generales.







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