
La deshumanización en el mundo moderno ¿síntoma o sistema?
En un mundo dividido, polarizado y plagado de guerras que atraviesan el planeta de un continente a otro, no es raro preguntarse qué estamos haciendo mal. La misma cultura occidental que pretendía ser el bálsamo de todos los males, la revelación contra las cadenas del pasado, la cultura de la contracultura y los superhombres, ha resultado ser más bien la llave de la caja de Pandora.
Cuando los mecanismos que pretendían proteger al mundo de una posible guerra mundial no funcionan; cuando los sistemas democráticos derivan en sistemas demagógicos donde gobierna el más inutil; cuando los sistemas económicos colapsan a falta de un ingrediente secreto; cuando todo eso pasa, nos toca agachar la cabeza, hacer autocrítica y preguntarnos ¿qué ha podido salir mal?
La educación no es solo una institución, es el modo en que el ser humano vence el tiempo. Lo que permite que un texto escrito sea un vehículo para la trascendencia es que alguien lo lea y es así que persiste. Así pasa con la cultura. Para que esta trascienda es necesario transmitirla a las siguientes generaciones, pero, ¿qué estamos transmitiendo exactamente?
Es interesante observar como todas las áreas de investigación de la ciencia, la filosofía, la psiquiatría y la psicología, principalmente, tienen una tendencia a la hiper racionalización de lo humano. Dentro de la filosofía, el transhumanismo se vende en las universidades casi como la única corriente contemporánea superviviente a la masacre de pensamiento que ha supuesto la modernidad. Cuando, por supuesto, no es así, pero ilustra muy bien el modo en que imaginamos el futuro de la investigación filosófica.
El transhumanismo plantea superar las deficiencias humanas con tecnología avanzada. Algunos ejemplos de propuestas transhumanistas son la idea de la criogenización de seres humanos vivos o de una 'píldora de la felicidad'. Dejando de lado los dilemas éticos que plantean estas cuestiones, se nutren de la idea de que lo humano puede ser superado y que es preferible que sea de este modo. Pero, ¿qué es ser humano?
Desde los institutos, observamos los síntomas que va dejando la cultura de la modernidad siendo las ramas de artes y humanidades las menos escogidas dentro del alumnado, en radical oposición con las ramas de ciencias de la salud y tecnológicas. Desde este punto podemos ir deduciendo que nuestro tiempo está sufriendo una devaluación de lo humano. Es la sustitución de lo humano por lo noúmeno o lo pensado; de lo subjetivo por lo objetivo; de lo empírico por lo racional.
Si bien esto da excelentes resultados en ciencia, no tiene igual impacto en el desarrollo psicosocial. El resultado es la actualidad. Una especie alejada de sí misma que ha antepuesto ideas a hechos. Cuyos esquemas de pensamiento permiten masacres, genocidios y deforestaciones sustentados por silogismos lógicos y argumentos económicos que consideramos relevantes.
En los institutos, no solo se enseña latín y griego en la rama de humanidades, se enseña junto con la lengua todo un modo de “pensar la lengua”. Nos acerca a culturas y a modelos cosmovisivos y cognoscitivos que nos son ajenos y completamente originales (sobre todo para una cultura globalizada como la nuestra) aunque extrañamente familiares. Son estas aproximaciones las que nos permiten vislumbrar lo humano; algo sensible que recorre la lengua, la política, la historia, la filosofía y las religiones. Lo humano como modo inherente a una ética del mundo. Como única forma de ser y cabida para la existencia. Cuando nos alejamos de esto lo que se produce es una inconsciencia contextual con respecto a la posición que ocupa el ser humano en el mundo.
Por esto mismo, los sistemas establecen jerarquías que posteriormente nos resultan perjudiciales, como establecer la industria por encima de la ecología, la política por encima de la educación, o la libertad por encima de la seguridad. Sin darse cuenta de que sin ecología no hay recursos para la industria, sin educación no pueden surgir buenos políticos o que sin el control y la seguridad no queda espacio para la libertad. La situación empeora de cara a lo que resulta externo al sistema. Dejando por debajo del primer mundo al tercero, una religión por debajo de otra y al hombre por encima de lo animal y lo natural, olvidando ser parte de ello. Olvidando lo inherentemente humano de todo lo anterior.





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