
Los Goya 2026: cuando el cine habla

Algo pasó en la gala de los Premios Goya 2026 el pasado sábado: el cine español no se limita al cine. Sorpresa. Entre el Premio Internacional otorgado a Susan Sarandon, los discursos políticos y el debate lingüístico provocado por el uso del catalán, la gran fiesta del cine nacional se convirtió en una especie de espejo con un reflejo social bastante claro del país. Quizá la pregunta que atraviesa esta edición sea la siguiente: ¿estamos celebrando películas o discutiendo sobre todo lo que las rodea?
En realidad, los Goya llevan tiempo moviéndose en ese terreno híbrido. Reconocer a figuras internacionales es, al fin y al cabo, una estrategia de universalización; pero esta vez podría decirse que hay también una lectura simbólica. Susan Sarandon no es solo una de nuestras diosas de Hollywood favoritas, sino también una gran activista política, y esto encaja perfectamente con una tendencia que los Goya han adoptado en los últimos años: la gala se ha convertido en un espacio donde el cine dialoga y, a menudo, se mezcla con los debates políticos del momento.
El uso del catalán en las presentaciones y en algunos discursos generó debate. En teoría, el gesto debería resultar natural: España tiene varias lenguas oficiales y el cine también se hace en ellas. ¿Por qué no íbamos a reflejar esta diversidad lingüística? El problema es que, en el contexto político español, las lenguas rara vez son solo lenguas. Cualquier gesto lingüístico se convierte rápidamente en símbolos de identidad y de representación ideológica. Estos premios no buscan crear estos debates a base de provocación, sino darles un escenario a las tensiones culturales que recorren el país.
Esa diversidad también se hizo visible en el propio espectáculo de la gala. Las actuaciones musicales recorrieron distintos momentos de la cultura española: desde la interpretación de Tu mirá, el clásico de Lole y Manuel que marcó una etapa clave del flamenco contemporáneo, hasta Rumba de Barcelona, una rumba catalana reinterpretada por Bad Gyal, representante de una generación de artistas que mezcla géneros y lenguajes musicales. Entre lo clásico y lo contemporáneo, entre la tradición y la cultura urbana, la gala mostró también que la identidad cultural que rodea al cine español es múltiple, contradictoria y cambiante.
En medio de todo ese ruido contemporáneo, el Goya de Honor otorgado a Gonzalo Suárez introduce otro elemento en la conversación: la memoria del cine. En su reconocimiento, Suárez convierte su homenaje en un recordatorio de una idea de cine más libre, más arriesgada y menos sometida a la lógica inmediata de la rentabilidad o del algoritmo. En ese sentido, no se trata solo de un homenaje individual, sino también de una declaración sobre qué tipo de cine merece permanecer y ser recordado.
Quizá ahí está la clave de esta edición. Nuestro cine nacional ya no es únicamente una suma de largometrajes, documentales y cortometrajes, sino también un espacio desde el que se reflexiona sobre qué significa hacer cine hoy en España. La búsqueda de un reconocimiento internacional, el reflejo de las tensiones culturales, la importancia de moverse entre el activismo político y el espectáculo y el intento de redefinir su identidad en la era del streaming forman parte de ese debate.
Esto es el cine español: aquel que intenta superar cualquier barrera y que utiliza su voz no solo para contar una historia, sino también para reivindicar algo mucho más profundo, algo que a menudo trasciende la propia ficción. Porque, al final, cada película, cada discurso y cada gesto sobre el escenario terminan construyendo un relato colectivo sobre quiénes somos y cómo queremos representarnos ante el mundo. Tenemos la suerte de contar con un cine que no solo muestra, sino que también habla. Y esa, quizá, sea la forma más poderosa de hacer películas.




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